LA TRANSFORMACIÓN DE LAS IMPRESIONES
Vamos
a hablar de la transformación de la vida y esto es posible si uno se lo propone
profundamente.
Transformación,
significa que una cosa cambia en otra cosa diferente. Es lógico que todo es
susceptible a cambios.
Existen
transformaciones muy conocidas en la materia. Nadie podría negar, por ejemplo,
que el azúcar se transforma en alcohol y que éste se convierte en vinagre por
la acción de los fermentos. Esta es la transformación de una sustancia
molecular. Uno sabe de la vida química de los elementos, por ejemplo, el radio
se transforma lentamente en plomo.
Los
alquimistas de la Edad Media hablaban de la transmutación del plomo en oro. Sin
embargo, no siempre hacían alusión a la cuestión metálica meramente física.
Normalmente querían indicar con tal palabra, la transmutación del plomo de la
personalidad en el oro del espíritu. Así pues, conviene que reflexionemos en
todas estas cosas.
En
los Evangelios, la idea del hombre terrenal, comparable éste con una semilla
capaz de crecimiento, tiene la misma significación que la idea del renacimiento
del hombre que nace otra vez. Es obvio que si el grano no muere la planta no
nace. En toda transformación existe muerte y nacimiento.
En
la Gnosis consideramos al hombre como una fábrica de tres pisos que absorbe
normalmente tres alimentos.
El
alimento común, que se corresponde con el piso inferior de la fábrica, a la
cuestión esta del estómago. El aire, que naturalmente está en relación con el
segundo piso, con los pulmones. Y las impresiones, que indubitablemente están
asociadas con el tercer piso o cerebro.
El
alimento que comemos sufre sucesivas transformaciones, esto es incuestionable.
El proceso de la vida, en sí misma y por sí misma, es la transformación. Cada
criatura del universo vive mediante la transformación de una sustancia en otra.
El vegetal, por ejemplo, transforma el agua, el aire y las sales de la tierra
en nuevas sustancias vegetales vitales, en elementos útiles para nosotros, como
pueden ser las nueces, las frutas, las papas, el limón, etc. Así pues, todo es
transformación.
Por
la acción de la luz solar varían los fermentos de la naturaleza. Es
incuestionable que la sensible película de la vida, que normalmente se extiende
sobre la faz de la Tierra, conduce a toda la fuerza universal hacia el interior
mismo del mundo planetario. Pero cada planta, cada insecto, cada criatura y el
mismo animal intelectual, equivocadamente llamado hombre, absorbe, asimila
determinadas fuerzas cósmicas y luego las transforma como también las transmite
inconscientemente a las capas inferiores del organismo planetario. Tales
fuerzas transformadas se hallan íntimamente relacionadas con toda la economía
del organismo planetario en que vivimos. Indubitablemente, cada criatura, según
su especie, transforma determinadas fuerzas que luego transmite al interior de
la tierra para la economía del mundo. Así pues, cada criatura que tenga
existencia cumple las mismas funciones.
Cuando
comemos un alimento necesario para nuestra existencia, éste es transformado,
claro está, en etapa tras etapa, en todos esos elementos tan indispensables
para nuestra misma existencia. ¿Quién realiza dentro de nosotros esos procesos
de transformación de las sustancias? El Centro Instintivo, es obvio. La
sabiduría de este centro es realmente asombrosa.
La
digestión, en sí misma, es transformación. El alimento en el estómago, es
decir, en la parte inferior de esta fábrica de tres pisos del organismo humano,
sufre transformación. Si algo entrara sin pasar por el estómago, el organismo
no podría asimilar sus principios vitamínicos ni sus proteínas, eso sería
sencillamente una indigestión. A medida que vamos reflexionando sobre este
tema, llegamos a comprender la necesidad de pasar por una transformación.
Claro
está que los alimentos físicos se transforman, pero hay algo que nos invita a
la reflexión: ¿Existe en nosotros la transformación educada de las
impresiones?.
Para
el propósito de la naturaleza propiamente dicha no hay necesidad alguna de que
el animal intelectual, equivocadamente llamado hombre, transforme realmente las
impresiones. Pero un hombre puede transformar sus impresiones por sí mismo,
poseyendo, naturalmente, un conocimiento, dijéramos, de fondo, y hay que
comprender el por qué de esa necesidad.
Resultaría
magnifico transformar las impresiones. La mayoría de las gentes, como se ven en
el terreno de la vida práctica, creen que este mundo físico les va a dar lo que
anhelan y buscan. Realmente, ésta es una tremenda equivocación. La vida, en si
misma, entra en nosotros, a nuestro organismo, en forma de meras impresiones.
Lo primero que debemos comprender es el significado del trabajo esotérico
relacionado íntimamente con el mundo de las impresiones.
¿Qué
necesitamos transformarlas? ¡Es verdad! Uno no podría realmente transformar su
vida si no transforma las impresiones que le llegan a la mente.
Las
personas que lean estas líneas deben reflexionar en lo que aquí se está diciendo.
Estamos hablando de algo muy revolucionario, pues todo el mundo cree que lo
físico es lo real, pero si nos vamos un poco más a fondo, vemos que lo que
realmente estamos recibiendo a cada instante, en cada momento, son meras
impresiones.
Si
vemos una persona que nos agrada o desagrada, lo primero que obtenemos son
impresiones de esa naturaleza, ¿verdad? Esto no lo podemos negar. La vida es
una sucesión de impresiones, no como creen los ignorantes ilustrados, que es
una cosa física de tipo exclusivamente materialista. ¡La realidad de la vida
son sus impresiones!.
Claro
está que las ideas que estamos emitiendo resultan no muy fáciles de captar, de
aprehender. Es posible que los lectores tengan la certeza de que la vida existe
como tal mas no como sus impresiones. Están tan sugestionados por este mundo
físico que, obviamente, así piensan. La persona que vemos sentada, por ejemplo,
en una silla, allá, con tal o cual traje de color; Aquél que nos saluda, aquél
que nos sonríe, etc., son para nosotros realmente verdad.
Pero,
si meditamos profundamente en todos ellos, llegamos a la conclusión de que lo
real son las impresiones. Estas llegan, naturalmente, a la mente a través de la
ventana de los sentidos.
Si
no tuviéramos los sentidos, por ejemplo, ojos para ver, ni oídos para oír, ni
boca para gustar los alimentos que ingiere nuestro organismo. ¿Existiría para
nosotros eso que se llama mundo físico? Claro que no, absolutamente no.
La
vida nos llega en forma de impresiones y es allí, precisamente, donde existe la
posibilidad de trabajar sobre nosotros mismos. Ante todo, ¿qué debemos hacer?
Hay que comprender el trabajo que debemos hacer. ¿Cómo podríamos lograr una
transformación psicológica de sí mismos? Pues efectuando un trabajo sobre las
impresiones que estamos recibiendo a cada instante, a cada momento. Este primer
trabajo recibe el nombre de Primer Choque Consciente. Este se relaciona con
estas impresiones que son todo cuanto conocemos del mundo exterior. ¿Qué tamaño
tienen las verdaderas cosas, las verdaderas personas?.
Necesitamos
transformarnos internamente cada día. Al querer transformar nuestro aspecto
psicológico necesitamos trabajar sobre las impresiones que entran a nosotros.
¿Por
qué llamamos al trabajo sobre la transformación de las impresiones, el Primer
Choque Consciente? Porque el "choque" es algo que no podríamos
observar en forma meramente mecánica. Esto jamás podría hacerse de manera
mecánica, se necesita un esfuerzo auto consciente. Es claro que cuando se
comience a comprender este trabajo, se comenzará a dejar de ser el hombre
mecánico que sirve a los fines de la naturaleza.
Si
se piensa ahora en todo el significado de todo cuanto se les enseña aquí, por
vía del esfuerzo propio, empezando por la observación de sí mismo, verán que en
el lado práctico del trabajo esotérico todo se relaciona íntimamente con la
transformación de las impresiones y lo que resulta naturalmente de las mismas.
El
trabajo, por ejemplo, en las emociones negativas, sobre los estados de ánimo
enojosos, sobre la identificación, sobre la auto-consideración, sobre los yoes
sucesivos, sobre la mentira, sobre la auto-justificación, sobre la disculpa,
sobre los estados inconscientes en los que nos encontramos, se relaciona en
todo con la transformación de las impresiones y lo que resulta de todo ello.
Convendrá que, en cierto modo, el trabajo sobre sí mismos se compare a la
disección, en el sentido de lo que es una transformación. Es necesario formar
un elemento de cambio en el lugar de entrada de las impresiones, no lo olviden.
Mediante
la comprensión del trabajo, ustedes pueden aceptar la vida como un trabajo,
realmente entonces entrarán en un estado constante de recuerdo de sí mismos,
llegará a ustedes naturalmente el terrible realismo de la transformación de las
impresiones. Las mismas impresiones, normalmente, o supra normalmente dijéramos
mejor, los llevaría a una vida mejor en lo que a ustedes naturalmente respecta
y ya no obrarían más sobre todos ustedes como lo hacían en el comienzo de su
propia transformación.
Pero
mientras ustedes sigan pensando de la misma manera, tomando la vida de la misma
manera, es claro que no habrá ningún cambio en ustedes. Transformar las
impresiones de la vida es transformarse uno mismo. Esta forma enteramente nueva
de pensar nos ayuda a efectuar tal transformación. Todo este discurso está
basado exclusivamente sobre la forma radical de transformarnos. Si uno no se
transforma nada logra.
Comprenderán
ustedes, naturalmente, que la vida nos exige continuamente reaccionar. Todas
esas reacciones forman nuestra vida personal. Cambiar la vida de uno es cambiar
realmente nuestras propias reacciones. La vida exterior nos llega como meras
impresiones que nos obligan incesantemente a reaccionar en una forma,
dijéramos, estereotipada. Si las reacciones que forman nuestra vida personal
son todas de tipo negativo, entonces también nuestra vida será negativa.
La
vida consiste en una serie sucesiva de reacciones negativas que se dan como
respuestas incesantes a las impresiones que llegan a la mente. Luego, nuestra tarea
consiste en transformar las impresiones de la vida de modo que no provoquen
este tipo de respuesta negativa. Pero para lograrlo es necesario estar auto
observándose de instante en instante, de momento en momento. Es urgente, pues,
estar estudiando nuestras propias impresiones.
No
se puede dejar que las impresiones lleguen de un modo subjetivo y mecánico. Si
comenzamos con dicho control, esto equivale a empezar la vida, a empezar a
vivir más conscientemente. Un individuo puede darse el lujo de que las impresiones
no lleguen mecánicamente, al actuar así, transforma las impresiones y entonces
empieza a vivir conscientemente.
El
Primer Choque Consciente consiste en transformar las impresiones que nos
llegan. Si se consigue transformar las impresiones que llegan a la mente en el
momento de su entrada, se consiguen magníficos resultados que benefician a
nuestra existencia.
Siempre
se puede trabajar en el resultado de las impresiones. Claro está que caducan
sin efecto mecánico ya que esta mecanicidad suele ser desastrosa en el interior
de nuestra psiquis.
Este
trabajo esotérico gnóstico debe ser llevado hasta el punto donde entran las
impresiones, porque son distribuidas mecánicamente en lugares equivocados por
la personalidad para evocar antiguas reacciones.
Voy
a tratar de simplificar esto. Pongamos como ejemplo lo siguiente: Si arrojamos
una piedra a un lago cristalino, en el lago se producen impresiones y la
respuesta a esas impresiones dadas por la piedra se manifiesta en ondas que van
desde el centro a la periferia.
Ahora,
imagínense a la mente como un lago. De pronto, aparece la imagen de una
persona, esa imagen es como la piedra de nuestro ejemplo que llega a la mente.
Entonces, la mente reacciona en forma de impresiones. Las impresiones son las
que produce la imagen que llega a la mente y las reacciones son las respuestas
a tales impresiones.
Si
se tira una pelota contra un muro, el muro recibe las impresiones, luego viene
la reacción que consiste en el regreso de la pelota a quien la mandó. Bueno,
puede ser que no llegue directamente pero de todas maneras rebota la pelota y
eso es reacción.
El
mundo está formado por impresiones, por ejemplo: Nos llega la imagen a la mente
a través de los sentidos. No podemos decir que ha llegado la mesa o que la mesa
se ha metido en nuestro cerebro, eso es absurdo, pero sí está metida la imagen
de la mesa, entonces nuestra mente reacciona inmediatamente diciendo: Esta es
una mesa de madera o de metal, etc.
Hay
impresiones que no son muy agradables, por ejemplo: Las palabras de un
insultador ¿no? ¿Podríamos transformar las palabras de un insultador?.
Las
palabras son como son, entonces, ¿qué podríamos hacer? Transformar las
impresiones que tales palabras nos producen y esto es posible. La Enseñanza
gnóstica nos enseña a cristalizar la Segunda Fuerza, el Cristo en nosotros,
mediante el postulado que dice: "Hay que recibir con agrado las
manifestaciones desagradables de nuestros semejantes".
En
el postulado anterior se encuentra el modo de transformar las impresiones que
producen en nosotros las palabras de un insultador. Recibir con agrado las
manifestaciones desagradables de nuestros semejantes. Este postulado nos
llevará naturalmente hasta la cristalización de la Segunda Fuerza, el Cristo en
nosotros; hará que el Cristo venga a tomar forma en nosotros.
Si
del mundo físico no conocemos sino las impresiones, entonces, propiamente, el
mundo físico no es tan externo como creen las gentes. Con justa razón dijo
Emmanuel Kant: "Lo exterior es lo interior". Si lo interior es lo que
cuenta, debemos pues transformar lo interior. Las impresiones son interiores,
por lo tanto, todos los objetos y cosas, todo lo que vemos, existe en nuestro
interior en forma de impresiones.
Si
nosotros no transformamos las impresiones nada cambiará en nosotros. La
lujuria, codicia, orgullo, odio, etc., existen en forma de impresiones dentro
de nuestra psiquis que vibra incesantemente.
El
resultado mecánico de tales impresiones han sido todos esos elementos inhumanos
que llevamos dentro y que normalmente los hemos llamado yoes, que en su
conjunto, constituyen el mí mismo, el sí mismo.
Supongamos,
como ejemplo, que un individuo ve a una mujer provocativa y que no transforma
esas impresiones, el resultado será que las mismas, de tipo lujurioso, producen
en él el deseo de poseerla. Tal deseo viene a ser el resultado de la impresión
recibida y se cristaliza, toma forma en nuestra psiquis y se convierte en un
agregado más, es decir, en un elemento inhumano, un nuevo tipo de yo lujurioso
que viene a agregarse a la suma de elementos inhumanos que en su totalidad
constituyen el ego.
En
nosotros existe ira, codicia, lujuria, envidia, orgullo, pereza y gula. Ira,
¿por qué? Porque muchas impresiones llegaron a nosotros, a nuestro interior, y
nunca las transformamos. El resultado mecánico de tales impresiones de ira
forman los yoes que existen y que vibran en nuestra psiquis y que
constantemente nos hacen sentir coraje.
Codicia,
¿por qué? Indubitablemente, muchas cosas despertaron en nosotros codicia: el
dinero, las joyas, las cosas materiales de toda clase, etc. Esas cosas, esos
objetos, llegaron a nosotros en forma de impresiones. Nosotros cometimos el
error de no haber transformado esas impresiones en otras cosas diferentes, en
una atracción por la belleza, en alegría, etc. Tales impresiones no
transformadas, naturalmente se convirtieron en yoes de codicia que ahora
cargamos en nuestro interior.
Lujuria,
¿por qué? Ya dije que distintas formas de lujuria llegaron a nosotros en forma
de impresiones, es decir, surgieron en el interior de nuestra mente imágenes de
tipo erótico cuya reacción fue la lujuria. Como quiera que nosotros no
transformamos esas ondas lujuriosas, ese erotismo malsano, naturalmente que el
resultado no se hizo esperar, nacieron nuevos yoes morbosos en nuestra psiquis.
Así
pues, hoy mismo nos toca trabajar sobre las impresiones que tengamos en nuestro
interior y sobre sus resultados mecánicos. Dentro tenemos impresiones de ira,
codicia, gula, orgullo, pereza, envidia y lujuria. También tenemos dentro los
resultados mecánicos de tales impresiones, manojo de yoes pendencieros y
gritones que ahora necesitamos comprender y eliminar.
Tal
trabajo de nuestra vida consiste en saber transformar las impresiones, y
también, en saber eliminar los resultados mecánicos de impresiones no
transformadas en el pasado.
El
mundo exterior propiamente no existe. Lo que existen son impresiones y las
impresiones son interiores, y las reacciones de tales impresiones son
completamente interiores.
Nadie
podría decir que está viendo un árbol en sí mismo. Estará viendo la imagen del
árbol pero no el árbol. La cosa en él, como decía Emmanuel Kant, nadie la ve,
se ve la imagen de las cosas, es decir, surge en nosotros la impresión sobre un
árbol, sobre una cosa, y éstas son internas, son de la mente.
Si
uno no hace modificaciones propias, internas, el resultado no se deja esperar:
se produce el nacimiento de nuevos yoes que vienen a esclavizar aún más a
nuestra esencia, a nuestra conciencia, que vienen a intensificar más el sueño
en que vivimos.
Cuando
se comprende realmente todo lo que existe dentro de uno mismo con relación al
mundo físico, que no son más que impresiones, se comprende también la necesidad
de transformar esas impresiones, y al hacerlo, se produce la transformación de
uno mismo.
No
hay cosa que duela más que la calumnia o las palabras de un insultador. Si uno
es capaz de transformar las impresiones que nos producen tales palabras, pues
esas quedan entonces sin valor alguno, es decir, quedan como un cheque sin
fondos. Ciertamente, las palabras de un insultador no tienen más valor que el
que les da el insultado. Así que si el insultado no les da valor, repito,
quedan como un cheque sin fondos. Cuando uno comprende esto, transforma
entonces las impresiones de tales palabras, por ejemplo, en algo distinto, en
amor, en compasión por el insultador y esto, naturalmente, significa
transformación. Así pues, necesitamos estar transformando incesantemente las
impresiones, no sólo las presentes sino las pasadas y las futuras.
Dentro
de nosotros existen muchas impresiones que cometimos el error en el pasado de
no haberlas transformado, y muchos resultados mecánicos de las mismas que son
los tales yoes que ahora hay que desintegrar, aniquilar, a fin de que la
conciencia quede libre y despierta.
Es
indispensable reflexionar sobre lo que estoy diciendo. Las cosas, las personas,
no son más que impresiones dentro de nosotros, dentro de nuestras mentes. Si
transformamos esas impresiones, transformamos radicalmente nuestra vida.
Cuando
en uno hay, por ejemplo, orgullo, éste tiene por basamento a la ignorancia.
Sentirse, por ejemplo, una persona orgullosa de su posición social, de su
dinero. Pero si esa persona, por ejemplo, piensa que su posición social es una
cuestión meramente mental, que son una serie de impresiones que han llegado a
su mente, impresiones sobre su estado social; cuando piensa que tal estado no
es más que una cuestión mental o cuando analiza la cuestión de su valor, viene
a darse cuenta que su posición existe en su mente en forma de impresiones. Esa
impresión que produce el dinero y la posición social, no es más que las
impresiones externas de la mente. Con el solo hecho de comprender que son sólo
impresiones de la mente, hay transformación sobre las mismas. Entonces, el
orgullo, por sí mismo, decae, se desploma y nace en forma natural en nosotros
la humildad.
Continuando
el estudio de los procesos de la transformación de las impresiones, proseguiré
con algo más. Por ejemplo, una imagen de una mujer lujuriosa llega a la mente o
surge en la mente, tal imagen es una impresión, eso es obvio. Nosotros
podríamos transformar esa impresión lujuriosa mediante la comprensión. Bastaría
con que pensáramos en ese instante que esa mujer ha de morir y que su cuerpo se
volverá polvo en el panteón, y si con la imaginación viésemos su cuerpo en
desintegración dentro de la sepultura, sería esto más que suficiente como para
transformar esa impresión lujuriosa en castidad. Si no se transforma, se sumará
a los otros yoes de la lujuria.
Conviene
que mediante la comprensión transformemos las impresiones que surgen en la
mente. Resulta altamente lógico que el mundo exterior no es tan exterior como
normalmente se cree. Es interior todo lo que nos llega del mundo porque no son
más que impresiones internas.
Nadie
podría meter un árbol dentro de su mente, una silla, una casa, un palacio, una
piedra. Todo llega a nuestra mente en forma de impresiones, eso es todo;
impresiones de un mundo que llamamos exterior y que realmente no es exterior
como se cree. Resulta impostergable que nosotros transformemos las impresiones
mediante la comprensión. Si alguien nos saluda, nos alaba, ¿cómo podríamos
transformar la vanidad que tal o cual adulador podría provocar en nosotros?
Obviamente, las alabanzas, las adulaciones, no son más que impresiones que nos
llegan a la mente y ésta reacciona en forma de vanidad; pero si se transforman
esas impresiones, la vanidad se hace imposible. ¿Cómo se transformarían las
palabras de un adulador? Mediante la comprensión. Cuando uno realmente comprende
que no es más que una infinitesimal criatura en un rincón del Universo, de
hecho transforma por sí mismo esas impresiones de alabanza, de lisonja, en algo
distinto; convierte a tales impresiones en lo que son: polvo, polvareda
cósmica, porque comprende uno su propia posición.
Sabemos
que la Galaxia en que vivimos está compuesta por millones de mundos. ¿Qué es la
Tierra? Es una partícula de polvo en el infinito. Y si nosotros dijéramos que
somos unos organismos micro-orgánicos de esa partícula, ¿entonces qué? Si
nosotros comprendiéramos esto cuando nos adulan, haríamos una transformación de
las impresiones que se relacionan con la lisonja y la adulación o alabanza y no
reaccionaríamos como resultado en forma de orgullo.
Tanto
más reflexionemos en esto, veremos más y más la necesidad de una transformación
completa de las impresiones.
Todo
lo que vemos externo es interior. Si no trabajamos con el interior vamos por el
camino del error porque no modificaremos nuestros hábitos. Si queremos ser
distintos, necesitamos transformarnos íntegramente, y debemos empezar por
transformar las impresiones. Transformando las impresiones animales y bestiales
en elementos de devoción, entonces surge en nosotros la transformación sexual,
la transmutación.
Incuestionablemente,
este aspecto de las impresiones merece ser analizado en forma clara y precisa.
La personalidad, que hemos recibido o adquirido, recibe las impresiones de la
vida pero no las transforma porque prácticamente es algo muerto.
Si
las impresiones cayeran directamente sobre la Esencia, es obvio que serían
transformadas porque, de hecho, ella las depositaría exactamente en los centros
correspondientes de la máquina humana.
Personalidad
es el término que se aplica a todo cuanto adquirimos. Es claro que traduce
impresiones de todos los lados de la vida de un modo limitado y prácticamente
estereotipado con arreglo a su calidad y asociación.
A
este respecto, en el trabajo esotérico gnóstico, se compara a veces a la
personalidad como una pésima secretaria que está en la oficina de enfrente, que
se ocupa de todas las ideas, conceptos, preconceptos, opiniones y prejuicios.
Tiene muchísimos diccionarios, enciclopedias de todo género, libros de
referencia, etc., y está comunicada con los centros, es decir, el mental, el
emocional y los centros físicos -intelectual, motor, emocional, instintivo y
sexual-, con arreglo a sus inusitadas ideas. Como consecuencia o corolario,
resulta de ello que se pone en comunicación casi siempre con centros
equivocados. Esto significa que las impresiones que llegan son enviadas a
centros equivocados, es decir, a lugares que no le corresponden, produciendo,
naturalmente, resultados equivocados.
Pondré
un ejemplo para que se me entienda mejor: Supongamos que una mujer atiende con
mucha consideración y respeto a un caballero; claro es que las impresiones que
el caballero está recibiendo en su mente son recibidas por la personalidad y
ésta las manda a centros equivocados. Normalmente las manda al centro sexual y
este caballero llega a creer firmemente que la dama está enamorada de él, y
como es lógico, no tarda mucho tiempo en que él se apresure a hacerle
insinuaciones de tipo amoroso. Indubitablemente, si aquella dama jamás ha
tenido esa clase de preocupaciones por el caballero, no deja de sentirse, con
mucha razón, sorprendida. Ese es el resultado de una pésima transformación de
las impresiones. Vemos aquí cuán mala secretaria es la personalidad.
Indiscutiblemente, la vida de un hombre depende de esta secretaria que busca la
transformación en sus libros de referencia, sin comprender en absoluto lo que
significa en realidad el suceso y transmite, en consecuencia, sin
preocupaciones por lo que pueda ocurrir, pero sintiendo únicamente que está
cumpliendo con su deber.
Esta
es nuestra situación interior. Lo que importa comprender en esta alegoría es
que la personalidad humana que nosotros adquirimos y que debemos adquirir,
empieza a hacerse cargo de nuestra vida.
Incuestionablemente,
es inútil imaginar que esto sucede solamente a ciertas y determinadas personas,
les sucede a todos quien quiera que sea.
Prueba
de ello se halla en la observación de que sí existen numerosas reacciones
características producidas por las impresiones que nos llegan. Estas reacciones
mecánicas, desgraciadamente, nos gobiernan. Es claro que cada cual en la vida,
está gobernado por la vida misma, no importa que se llame liberal o
conservador, revolucionario o bolchevique, bueno o malo en el sentido de la
palabra.
Es
obvio que estas reacciones ante los impactos del mundo exterior constituyen
nuestra propia vida. La humanidad, en este sentido, podemos decir en forma
enfática, que es completamente mecanicista.
Cualquier
hombre, en la vida, se ha formado una enorme cantidad de reacciones que vienen
a ser las experiencias prácticas de su existencia. Es claro que toda acción
produce su reacción, acciones de cierto tipo, y a tales reacciones se les llama
experiencias.
Lo
importante sería, por ejemplo, a fin de conocer mejor nuestras acciones y
reacciones, poder relajar la mente. Esto del "relajamiento mental" es
magnífico. Recostarse uno en su lecho o en un cómodo sillón, relajar todos los
músculos pacientemente y luego vaciar la mente de toda clase de pensamientos,
deseos, emociones, recuerdos. Cuando la mente está quieta, cuando la mente está
en silencio, podemos conocernos mejor a sí mismos. En tales momentos de quietud
y silencio mental, es cuando realmente venimos a vivenciar en forma directa el
crudo realismo de todas las acciones de la vida práctica.
Cuando
la mente se encuentra en absoluto reposo, vemos a multitud de elementos y sub
elementos, acciones y reacciones, deseos, pasiones, etc., como algo ajeno a
nosotros, pero que aguarda el instante preciso para poder realizar su control
sobre nosotros mismos, sobre nuestra personalidad. He ahí el motivo por el cual
vale el silencio y la quietud de la mente. Obviamente, la relajación del
entendimiento es benéfica en el sentido más completo de la palabra, pues nos
conduce al auto-conocimiento individual.
Así
es que toda la vida, es decir, la vida exterior, lo que vemos y vivimos, es
para cada persona su reacción a las impresiones que llegan del mundo físico.
Es
un gran error pensar que lo que es llamado vida sea una cosa fija, sólida, la
misma para cualquier persona. Ciertamente, no hay una sola persona que tenga
las mismas impresiones que con respecto a la vida existen en el género humano,
porque son infinitas.
La
vida, ciertamente, son nuestras impresiones en ella y es claro que nosotros
podemos, si nos lo proponemos, transformar tales impresiones. Pero como se
dijo, esta es una idea muy difícil de entender o comprender, debido a que es
muy poderoso el hipnotismo de los sentidos.
Aunque
parezca increíble, todos los seres humanos se hallan en estado de
"hipnotismo colectivo". Tal hipnosis es producida por el estado
residual del abominable órgano Kundartiguador; cuando se eliminó éste, quedaron
los diversos agregados psíquicos o elementos inhumanos que en su conjunto
constituyen el mí mismo, el sí mismo. Estos elementos y sub elementos, a su
vez, condicionan a la conciencia y la mantienen en estado de hipnosis. Así
pues, existe la hipnosis de tipo colectivo. ¡Todo el mundo está hipnotizado!.
La
mente está enfrascada en el mundo de los cinco sentidos y no acierta a
comprender cómo podría independizarse de ellos, cree firmemente que es un Dios.
Nuestra vida interior, la verdadera vida de pensamiento y sentimiento, sigue
siendo confusa para nuestras concepciones meramente razonativas e intelectivas.
No obstante, al mismo tiempo sabemos muy bien que el lugar donde realmente
vivimos es nuestro mundo de pensamiento y sentimiento, esto es algo que nadie
puede negar.
La
vida son nuestras impresiones y éstas pueden ser transformadas. Necesitamos
aprender a transformar nuestras impresiones, empero, no es posible transformar
cosa alguna en nosotros si seguimos apegados al mundo de los cinco sentidos.
Como
he dicho en mi «Tratado de Psicología Revolucionaria», la experiencia enseña a
uno que el trabajo esotérico gnóstico, si es negativo, se debe a la culpa
propia.
Desde
el punto de vista sensorial es que ésta o aquella persona del mundo exterior a
quien uno ve y oye por medio de los ojos y los oídos, tiene la culpa; esta
persona a su vez dirá que nosotros somos los culpables, pero realmente la culpa
está en las impresiones que nosotros tengamos sobre las personas. Muchas veces
pensamos que una persona es perversa cuando en el fondo es una mansa oveja.