LA ESCLAVITUD PSICOLÓGICA
No
cabe la menor duda de que estamos al borde de una tercera conflagración mundial
y por eso hemos escrito este libro titulado «La Revolución de la Dialéctica».
Los
tiempos han cambiado y estamos iniciando una nueva Era entre el augusto tronar
del pensamiento. Ahora se necesita una Ética revolucionaria basada en una
Psicología revolucionaria.
Sin
una ética de fondo, las mejores fórmulas sociales y económicas quedan reducidas
a polvo. Es imposible que el individuo se transforme si no se preocupa por la
disolución del yo.
La
esclavitud psicológica destruye la convivencia. Depender psicológicamente de
alguien es esclavitud. Si nuestra manera de pensar, sentir y obrar, depende de
la manera de pensar, sentir y obrar de aquellas personas que conviven con
nosotros, entonces estamos esclavizados.
Constantemente
recibimos cartas de muchas gentes deseosas de disolver el yo, pero se quejan de
la mujer, de los hijos, del hermano, de la familia, del marido, del patrón,
etc. Esas gentes exigen condiciones para disolver el yo, quieren comodidades
para aniquilar el ego, reclaman magnífica conducta de aquellos que con ellos
conviven.
Lo
más chistoso de todo esto es que esas pobres gentes buscan diversas evasivas,
quieren huir, abandonar su hogar, su trabajo, etc., dizque para realizarse a
fondo.
Pobres
gentes..., sus adorados tormentos son sus amos, naturalmente. Estas gentes no
han aprendido a ser libres, su conducta depende de la conducta ajena.
Si
queremos seguir la senda de la castidad y aspiramos a que primero la mujer sea
casta, entonces estamos fracasados. Si queremos dejar de ser borrachos pero nos
apenamos cuando nos ofrecen la copa por aquello del qué dirán, o porque se
puedan enojar nuestros amigos, entonces jamás dejaremos de ser borrachos.
Si
queremos dejar de ser corajudos, irascibles, iracundos, furiosos, pero como
primera condición exigimos que aquellos que conviven con nosotros sean dulces y
serenos y que no hagan nada que nos moleste, entonces sí estamos bien
fracasados porque ellos no son santos y en cualquier momento acabarán con
nuestras buenas intenciones.
Si
queremos disolver el yo necesitamos ser libres. Quien dependa de la conducta
ajena no podrá disolver el yo. Nuestra conducta debe ser propia y no debe
depender de nadie. Nuestros pensamientos, sentimientos y acciones, deben fluir
independientemente desde adentro hacia afuera.
Las
peores dificultades nos ofrecen las mejores oportunidades. En el pasado
existieron sabios rodeados de toda clase de comodidades y sin dificultades de
ninguna especie. Esos sabios, queriendo aniquilar el yo, tuvieron que crearse a
sí mismos situaciones difíciles.
En
las situaciones difíciles tenemos oportunidades formidables para estudiar
nuestros impulsos internos y externos, nuestros pensamientos, sentimientos,
acciones, nuestras reacciones, voliciones, etc.
La
convivencia es un espejo de cuerpo entero donde podemos vernos tal como somos y
no como aparentemente somos. Es una maravilla la convivencia, si estamos bien
atentos, podemos descubrir a cada instante nuestros más secretos defectos,
ellos afloran, saltan fuera cuando menos lo esperamos.
Hemos
conocido muchas personas que dicen: Yo ya no tengo ira, y a la menor
provocación truenan y relampaguean. Otros dicen: Yo ya no tengo celos, pero
basta una sonrisa del cónyuge o la cónyuge a cualquier buen vecino, para que
sus rostros estén verdes de celos.
Las
gentes protestan por las dificultades que les ofrece la convivencia. No quieren
darse cuenta de que esas dificultades, precisamente, les están brindando todas
las oportunidades necesarias para la disolución del yo. La convivencia es una
escuela formidable, el libro de esa escuela consta de muchos tomos, el libro de
esa escuela es el yo.
Necesitamos
ser libres de verdad si es que realmente queremos disolver el yo. No es libre
quien depende de la conducta ajena. Sólo aquél que se hace libre de verdad sabe
lo que es el amor. El esclavo no sabe lo que es el verdadero amor. Si somos
esclavos de pensar, sentir y hacer de los demás, jamás sabremos lo que es amor.
El
amor nace en nosotros cuando acabamos con la esclavitud psicológica.
Necesitamos comprender muy profundamente, y en todos los terrenos de la mente,
todo ese complicado mecanismo de la esclavitud psicológica.
Existen
muchas formas de esclavitud psicológica. Es necesario estudiar todas esas
formas si es que realmente queremos disolver el yo.
Existe
esclavitud psicológica no sólo en lo interno, sino también en lo externo.
Existe la esclavitud íntima, la secreta, la oculta, de la que no sospechamos ni
siquiera remotamente.
El
esclavo cree que ama, cuando en verdad sólo está temiendo. El esclavo no sabe
lo que es el verdadero amor.
La
mujer que teme a su marido, cree que le adora cuando en verdad sólo le está
temiendo. El marido que teme a su mujer, cree que la ama, cuando en realidad lo
que sucede es que le teme. Puede temer que se vaya con otro, o que su carácter
se torne agrio, o que se le niegue sexualmente, etc.
El
trabajador que le teme al patrón, cree que le ama, que le respeta, que vela por
sus intereses, etc. Ningún esclavo psicológico sabe lo que es amor, la
esclavitud psicológica es incompatible con el amor.
Existen
dos géneros de conducta: el primero es la que viene de afuera hacia adentro y
el segundo es la que va de adentro hacia afuera. La primera es el resultado de
la esclavitud psicológica y se produce por reacción: Nos pegan y pegamos, nos
insultan y contestamos con groserías. El segundo tipo de conducta es el mejor,
el de aquél que ya no es esclavo, el de aquél que ya nada tiene que ver con el
pensar, sentir y hacer de los demás. Ese tipo de conducta es independiente, es
conducta recta y justa. Si nos pegan, contestamos bendiciendo; si nos insultan,
guardamos silencio; si quieren emborracharnos, no bebemos, aún cuando nuestros
amigos se enojen, etc.