EL DOMINIO DE LA MENTE
Es claro que nos toca irnos independizando cada vez más y más de la
mente. La mente es un calabozo, una cárcel donde todos estamos prisioneros.
Necesitamos evadirnos de esa cárcel si es que realmente queremos saber qué cosa
es la libertad, esa libertad que no es del tiempo, esa libertad que no es de la
mente.
Ante todo, debemos considerar a la mente como algo que no es del
Ser. La gente, desafortunadamente, muy identificada con la mente, dice: ¡Estoy
pensando! Y se siente siendo mente.
Hay escuelas que se dedican a fortalecer la mente. Dan cursos por
correspondencia, enseñan a desarrollar la fuerza mental, etc., mas todo eso es
absurdo. No es fortificar los barrotes de la prisión donde estamos metidos, lo
indicado, lo que necesitamos es destruir esos barrotes para conocer la
verdadera libertad, que, como he dicho, no es del tiempo.
Mientras estemos en la cárcel del intelecto, no seremos capaces de
experimentar la verdadera libertad.
La mente, en sí misma, es una cárcel muy dolorosa, nadie ha sido
feliz con la mente. Hasta la fecha no se ha conocido el primer hombre que sea
feliz con la mente. La mente hace desdichadas a todas las criaturas, las hace
infelices. Los momentos más dichosos que hemos tenido todos en la vida, han
sido siempre en ausencia de la mente, han sido un instante, sí, pero que ya no
se nos podrá olvidar en la vida; en tal segundo hemos sabido lo que es la
felicidad, pero esto sólo ha durado un segundo. La mente no sabe qué cosa es
felicidad, ¡ella es una cárcel!.
Hay que aprender a dominar la mente, no la ajena, sino la propia,
si es que queremos independizarnos de ella.
Se hace indispensable aprender a mirar a la mente como algo que
debemos dominar, como algo que, digamos, necesitamos amansar. Recordemos al
Divino Maestro Jesús entrando en su borrico a Jerusalén en Domingo de Ramos,
ese borrico es la mente que hay que someter. Debemos montar en el borrico, no
que él monte sobre nosotros. Desgraciadamente, la gente es víctima de la mente
puesto que no sabe montar en el borrico. La mente es un borrico demasiado torpe
que hay que dominar si es que verdaderamente queremos montar en él.
Durante la meditación debemos platicar con la mente. Si alguna duda
se atraviesa, necesitamos hacerle la disección a la duda. Cuando una duda ha
sido debidamente estudiada, cuando se le ha hecho la disección, no deja en
nuestra memoria rastro alguno, desaparece. Pero cuando una duda persiste,
cuando queremos nosotros combatirla incesantemente, entonces se forma conflicto.
Toda duda es un obstáculo para la meditación. Pero no es rechazando las dudas
como vamos a eliminarlas, es haciéndoles la disección para ver qué es lo que
esconden de real.
Cualquier duda que persista en la mente se convierte en una traba
para la meditación. Entonces, hay que analizar, descuartizar, reducir a polvo
la duda, no combatiéndola, sino abriéndola con el escalpelo de la autocrítica,
haciéndole una disección rigurosa, implacable. Sólo así vendremos a descubrir
qué es lo que no había de importante en la duda, qué era lo que había de real
en la duda y qué de irreal.
Así pues, las dudas a veces sirven para aclarar conceptos. Cuando
uno elimina una duda mediante el análisis riguroso, cuando le hace la
disección, descubre alguna verdad; de tal verdad viene algo más profundo, más
sapiencia, más sabiduría.
La sabiduría se elabora sobre la base de la experimentación
directa, sobre la experimentación propia, sobre la base de la meditación
profunda. Hay veces que necesitamos, repito, platicar con la mente, porque
muchas veces, cuando queremos que la mente esté quieta, cuando queremos que la
mente esté en silencio, ella persiste en su necedad, en su parloteo inútil, en
la lucha de antítesis. Entonces, es necesario interrogar a la mente, decirle:
Pero bueno, ¿qué es lo que tú quieres, mente? Bien, ¡contéstame! Si la
meditación es profunda, puede surgir en nosotros alguna representación; en esa
representación, en esa figura, en esa imagen, está la respuesta. Debemos
entonces platicar con la mente y hacerle ver la realidad de las cosas, hasta
hacerle ver que su respuesta está equivocada; hacerle caer en cuenta que sus
preocupaciones son inútiles y el motivo por el cuál son inútiles. Y al fin, la
mente queda quieta, en silencio. Mas, si notamos que no surge la iluminación
todavía, que aún persiste en nosotros el estado caótico, la confusión
incoherente con su lucha y parloteo incesante, entonces, tenemos que llamar
nuevamente a la mente al orden, interrogarla: ¿Qué es lo que tú quieres? ¿Qué
es lo que andas buscando? ¿Por qué no me dejas en paz? Hay que hablar claro y
platicar con la mente como si fuera un sujeto extraño, porque ciertamente ella
es un sujeto extraño, porque ella no es del Ser. Hay que tratarla como a un
sujeto extraño, hay que recriminarla y hay que regañarla.
Los estudiantes del Zen avanzado acostumbran el Judo, pero el Judo
psicológico de ellos no ha sido comprendido por los turistas cuando llegan al
Japón. Ver, por ejemplo, a los monjes practicando el Judo, luchando unos con
otros, parecería como ejercicio meramente físico, mas no lo es. Cuando ellos
están practicando el Judo, realmente casi no se están dando cuenta del cuerpo
físico, su lucha va realmente a dominar su propia mente. El Judo en que se
hallan combatiendo, es contra su propia mente de cada uno. De manera que el
Judo psicológico tiene por objeto someter a la mente, tratarla científicamente,
técnicamente, con el objeto de someterla.
Desgraciadamente, los occidentales ven la cáscara del Judo, claro,
como siempre, superficiales y necios, tomaron el Judo como defensa personal y
se olvidaron de los principios del Zen y del Chang, y eso ha sido
verdaderamente lamentable. Es algo muy semejante a lo que sucedió con el Tarot.
Se sabe que en el Tarot está toda la Sabiduría antigua, se conoce que en el
Tarot están todas las Leyes cósmicas y de la Naturaleza.
Por ejemplo, un individuo que habla contra la Magia Sexual, está
hablando contra el Arcano IX del Tarot, por lo tanto se está echando un karma
horrible. Un individuo que hable a favor del Dogma de la Evolución, está
quebrantando la ley del Arcano X del Tarot, y así sucesivamente.
El Tarot es el "patrón de medidas" para todos. Como lo
dije en mi libro titulado «El Misterio del Áureo Florecer», en el que termino
diciendo que los autores son libres de escribir lo que quieran. Pero que no
olviden el patrón de medidas que es el Tarot, el Libro de Oro, si es que no
quieren violar las Leyes cósmicas y caer bajo la KATANCIA, que es el karma
superior.
Después de esta pequeña digresión, quiero decir que el Tarot tan
sagrado, tan sapiente, se ha convertido en juego de póker, en los distintos
juegos de naipes que hay para divertir a la gente. Se olvidó la gente de sus
leyes, de sus principios. Las piscinas sagradas de los Templos antiguos, de los
Templos de Misterios, se convirtieron hoy en las albercas para bañistas.
La Tauromaquia, la ciencia profunda, ciencia taurina de los
antiguos Misterios de Neptuno en la Atlántida, perdió sus principios, se
convirtió en el circo vulgar de toros. Así pues, no es extraño que el Judo Zen
Chang, que tiene por objeto, precisamente, someter a la mente propia en cada
uno de sus movimientos y paradas, haya degenerado, haya perdido sus principios
en el mundo occidental y se haya convertido nada más que en algo profano que
sólo se usa hoy para la defensa personal.
Miremos el aspecto psicológico del judo. En el judo psicológico que
enseña la «Revolución de la Dialéctica», se necesita dominar la mente, se
requiere que la mente aprenda a obedecer, se exige la fuerte recriminación de
ésta para que obedezca.
Esto no lo ha enseñado Krishnamurti, tampoco lo ha enseñado el Zen
ni el Chang, esto que estoy enseñando pertenece a la Segunda Joya del Dragón
Amarillo, a la Segunda Joya de la Sabiduría. Dentro de la Primera Joya podemos
incluir el Zen, pero la Segunda Joya no la explica el Zen, aunque sí tenga los
prolegómenos con su Judo psicológico.
La Segunda Joya implica la disciplina de la mente, dominándola,
azotándola, regañándola. ¡La mente es un borrico insoportable que hay que
amansar!.
Así pues, durante la meditación tenemos que contar con muchos
factores si queremos llegar a la quietud y al silencio de la mente. Necesitamos
estudiar el desorden, porque solamente así, nosotros podemos establecer el
orden. Hay que saber qué es lo que existe en nosotros de atento y qué es lo que
hay en nosotros de inatento.
Siempre que entramos en meditación, nuestra mente está dividida en
dos partes: la parte que atiende y la parte que no atiende. No es en la parte
atenta que tenemos que poner atención sino precisamente en lo que hay de
inatento en nosotros. Cuando logramos comprender a fondo lo que hay de inatento
en nosotros y estudiar los procedimientos para que lo inatento se convierta en
atento, habremos logrado la quietud y el silencio de la mente. Pero tenemos que
ser juiciosos en la meditación, enjuiciarnos a sí mismos, saber qué es lo que
hay de inatento en nosotros. Necesitamos hacernos conscientes de aquello que
exista de inatento en nosotros.
Cuando digo que debemos dominar la mente, quien la debe dominar es
la Esencia, la Conciencia. Despertando Conciencia tenemos más poder sobre la
mente y por ende, nos hacemos conscientes de lo que hay de inconsciente en
nosotros.
Se hace urgente e inaplazable dominar la mente, platicar con ella,
recriminaría, azotarla con el látigo de la voluntad y hacerla obedecer. Esta
didáctica pertenece a la Segunda Joya del Dragón Amarillo.
Mi Real Ser, Samael Aun Weor, estuvo reencarnado en la China
antigua y me llamé Chou-Li. Fui iniciado en la Orden del Dragón Amarillo y
tengo órdenes de entregar las Siete Joyas del Dragón Amarillo a quien despierte
Conciencia viviendo la Revolución de la Dialéctica y logrando la Revolución
integral.
Ante todo, debemos identificarnos con la mente si es que
verdaderamente queremos sacar el mejor partido de la Segunda Joya, porque si
nosotros nos sentimos siendo mente, si digo: ¡estoy razonando! ¡estoy
pensando!, entonces, estoy afirmando un adefesio y no estoy de acuerdo con la
Doctrina del Dragón Amarillo, porque el Ser no necesita del pensar, porque el
Ser no necesita de razonar. Quien razona es la mente. El Ser es el Ser y la
razón de ser del Ser es el mismo Ser. Él es lo que es, lo que siempre ha sido y
lo que siempre será. El Ser es la vida que palpita en cada átomo como palpita
en cada sol. Lo que piensa no es el Ser, quien razona no es el Ser. Nosotros no
tenemos encarnado todo el Ser, pero tenemos encarnada una parte del Ser que es
la Esencia o Buddhata, eso que hay de Alma en nosotros, lo anímico, el material
psíquico. Es necesario que esta Esencia viviente se imponga sobre la mente.
Lo que analiza en nosotros son los yoes, porque los yoes no son
sino formas de la mente, formas mentales que hay que desintegrar y reducir a
polvareda cósmica.
Estudiemos en estos momentos algo muy especial. Podría darse el
caso de que alguien disuelva los yoes, los elimine. Podría también darse el
caso de que ese alguien, además de disolver los yoes, se fabrique un cuerpo
mental. Obviamente adquiere individualidad intelectual, empero, tiene que
liberarse hasta del mismo cuerpo mental, porque el mismo cuerpo mental, por muy
perfecto que sea, también razona, también piensa y la forma más elevada de
pensar es no pensar. Mientras se piensa no se está en la forma más elevada de
pensar.
El Ser no necesita de pensar. Él es lo que siempre ha sido y lo que
siempre será. Así pues, en síntesis, hay que subyugar a la mente e
interrogarla. No necesitamos de someter mentes ajenas porque eso es magia
negra. No necesitamos dominar la mente de nadie porque eso es brujería de la
peor clase, lo que necesitamos es someter nuestra propia mente y dominarla.
Durante la meditación, repito, hay dos partes: aquella que está
atenta y aquella que está inatenta. Necesitamos hacernos conscientes de lo que
hay de inatento en nosotros. Al hacernos conscientes podemos evidenciar que lo
inatento tiene muchos factores: duda, hay muchas dudas, son muchas las dudas
que existen en la mente humana. ¿De dónde vienen esas dudas? Vemos por ejemplo,
el ateísmo, el materialismo, el misticismo, si los descuartizamos, vemos que
existen muchas formas de escepticismo, muchas formas de ateísmo, muchas formas
de materialismo. Existen personas que se dicen ateos materialistas y sin
embargo, le temen por ejemplo, a las hechicerías, a las brujerías. Respetan a
la Naturaleza, saben ver a Dios en la Naturaleza, pero a su modo. Cuando se les
platica de asuntos espirituales o religiosos, se declaran ateos materialistas;
su ateísmo es una forma nada más incipiente.
Hay otra forma de materialismo y ateísmo: el de tipo marxista
leninista, incrédulo escéptico. En el fondo, algo busca ese materialista ateo,
quiere sencillamente desaparecer, no existir, aniquilarse íntegramente, no
quiere saber nada de la Mónada divina, la odia. Obviamente, al proceder así, se
desintegrará como él quiere, es su gusto, dejará de existir, descenderá a los
mundos infiernos, hacia el centro de gravedad del planeta. Ese es su gusto:
autodestruirse. Perecerá, pero en el fondo, si continúa, la Esencia se
liberará, retornará a nuevas evoluciones y pasará por nuevas involuciones,
volverá una y otra vez en distintos ciclos de manifestación a caer en el mismo
escepticismo y materialismo. A la larga aparece el resultado, ¿cuál? Cuando el
día en el que definitivamente se cierren todas las puertas, cuando los tres mil
ciclos se agoten, entonces esa Esencia se absorberá en la Mónada y ésta a su
vez entrará al Seno Espiritual Universal de Vida pero sin maestría. ¿Qué es lo
que realmente quiere esa Esencia? ¿Qué es lo que busca con su ateísmo? ¿Cuál es
su anhelo? Su anhelo es rechazar la maestría, en el fondo eso es lo que quiere,
lo consigue, no valora y al fin termina como una chispa divina pero sin
maestría.
Las formas de escepticismo son varias. Hay gente que se dice
católica, apostólica y romana, y sin embargo en sus exposiciones son crudamente
materialistas y ateas; pero van a misa los domingos, comulgan y se confiesan,
ésta es otra forma de escepticismo.
Si analizamos todas las formas habidas y por haber de escepticismo
y materialismo, descubrimos que no hay un solo escepticismo, no hay un solo
materialismo. La realidad es que son millones las formas del escepticismo y del
materialismo. Millones, porque sencillamente son mentales, cosas de la mente.
Es decir, el escepticismo y el materialismo son de la mente y no del Ser.
Cuando alguien ha pasado más allá de la mente, se ha hecho
consciente de la Verdad que no es del tiempo. Obviamente, no puede ser ni
materialista ni ateísta.
Aquél que alguna vez ha escuchado el Verbo, está más allá del
tiempo, más allá de la mente.
El ateísmo es de la mente, pertenece a la mente que es como un
abanico. Todas las formas del materialismo y ateísmo son tantas y tan variadas
que semejan un gran abanico. Lo que hay de real está más allá de la mente.
El ateísta y el materialista son ignorantes, jamás han escuchado el
Verbo, nunca han conocido la Palabra Divina, jamás han entrado en la corriente
del sonido.
En la mente es donde se gestan el ateísmo y el materialismo. Estos
son formas de la mente, formas ilusorias que no tienen ninguna realidad. Lo que
verdaderamente es real no pertenece a la mente, lo que ciertamente es real,
está más allá de la mente.
Independizarnos de la mente es importante para conocer lo real, no
para conocerlo intelectualmente sino para experimentarlo real y verdaderamente.
Al poner atención en lo que hay de inatento podemos ver distintas
formas de escepticismo, de incredulidad, de duda, etc., ya que viendo cualquier
duda, de cualquier especie, hay que descuartizarla, hacerle la disección para
ver qué es lo que quiere de verdad. Una vez que la hemos descuartizado
totalmente, la duda desaparece no dejando en la mente rastro alguno, no dejando
en la memoria ni la más insignificante huella.
Cuando observamos lo que hay de inatento en nosotros, vemos también
la lucha de antítesis en la mente. Es entonces cuando hay que descuartizar a
esas antítesis para ver qué es lo que tienen de verdad. También se les deberá
hacer la disección a recuerdos, emociones, deseos y preocupaciones que se
ignoran, que no se sabe de dónde vienen y por qué vienen.
Cuando juiciosamente vemos que hay necesidad de llamarle la
atención a la mente, hay un punto critico en el que uno se ha cansado con la
mente que no quiere ya obedecer en ninguna forma, entonces no queda más que
recriminarla, hablarle fuerte, tratarla frente a frente, cara a cara como a un
sujeto extraño e inoportuno. Se le tiene que azotar con el látigo de la
voluntad, recriminarla con la palabra dura hasta hacerla obedecer. Hay que
platicar muchas veces con la mente para que entienda. Si no entiende, pues hay
que llamarla al orden severamente.
No identificarse con la mente es indispensable. Hay que azotar a la
mente, subyugarla: si ella sigue violenta, pues nosotros tenemos que volver a
azotarla. Así nosotros nos salimos de la mente y llegamos a la Verdad. Aquello
que ciertamente no es del tiempo.
Cuando nosotros logramos asomarnos a eso que no es del tiempo,
podemos experimentar un elemento que transforma radicalmente. Existe cierto
elemento transformador que no es del tiempo, que solamente se puede
experimentar cuando salimos de la mente. Hay que luchar intensamente hasta
conseguir salir de la mente para lograr la auto realización íntima del Ser.
Una y otra vez necesitamos independizarnos de la mente y entrar en
la corriente del sonido, el mundo de la música, en el mundo donde resuena la
palabra de los Elohim, donde reina ciertamente la Verdad.
Mientras estemos embotellados entre la mente, ¿qué podemos saber de
la verdad?, lo que otros dicen. Pero, ¿qué sabemos nosotros?. Lo importante no
es lo que otros dicen sino lo que nosotros experimentamos por sí mismos.
Nuestro problema está en cómo salimos de la mente. Para ello, nosotros
necesitamos ciencia, sabiduría para emancipamos y ésta se halla en la Gnosis.
Cuando creemos que la mente está quieta, cuando creemos que está en
silencio y sin embargo no viene ninguna experiencia divina a nosotros, es
porque no está quieta la mente ni en silencio. En el fondo, ella continúa
luchando. En el fondo, ella está parloteando. Entonces, a través de la
meditación, nosotros tenemos que encararla, platicar con ella, recriminarle e
interrogarle qué es lo que quiere. Decirle: ¡Mente!, pero ¿Por qué no estás
quieta? ¿Por qué no me dejas en paz? La mente dará alguna respuesta y nosotros
le contestaremos con otra explicación tratando de convencerla y si no quiere
convencerse, no quedará más remedio que someterla por medio de la recriminación
y el látigo de la voluntad.
El dominio de la mente va más allá de la meditación de los
opuestos. Así, si por ejemplo, nos asalta un pensamiento de odio, un recuerdo
malvado, pues hay que tratar de comprenderlo, tratar de ver su antítesis que es
el amor. Si hay amor, ¿por qué ese odio? ¿Con qué objeto?.
Surge, por ejemplo, el recuerdo de un acto lujurioso. Entonces, hay
que pasar por la mente el cáliz sagrado y la santa lanza, decir: ¿Por qué he de
profanar lo santo con mis pensamientos morbosos?.
Si surge el recuerdo de una persona alta, se le debe ver bajita y
eso estaría correcto puesto que en la síntesis está la clave.
Saber buscar siempre la síntesis es benéfico porque de la tesis hay
que pasar a la antítesis pero la verdad no se encuentra ni en la antítesis ni
en la tesis. En la tesis y en la antítesis hay discusión y eso es lo que
realmente se quiere; afirmación, negación, discusión y solución. Afirmación de
un mal pensamiento, negación del mismo mediante la comprensión de su opuesto.
Discusión: hay que discutir qué es lo que tiene de real de uno y otro hasta
llegar a la sabiduría y dejar la mente quieta y en silencio. Así es como se
debe practicar.
Todo eso es una parte de las prácticas conscientes, de la
observación de lo que hay de inatento. Pero si decimos simplemente: es el
recuerdo de una persona alta y le ponemos enfrente a una persona bajita y
punto; no está correcto. Lo correcto seria decir, lo alto y lo bajo no son sino
dos aspectos de una misma cosa, lo que importa no es lo alto ni lo bajo sino lo
que hay de verdad detrás de todo eso. Lo alto y lo bajo son dos fenómenos
ilusorios de la mente. Así es como se llega a la síntesis y a la solución.
Lo inatento en uno es lo que está formado por el subconsciente, por
lo incoherente, por la cantidad de recuerdos que surgen en la mente, por las
memorias del pasado que asaltan una y otra vez, por los desechos de la memoria,
etc.
Los elementos que constituyen el subconsciente, ni hay que
aceptarlos ni hay que rechazarlos, sencillamente hay que hacerse consciente de
lo que hay de inatento. Quedando así, lo inatento, atento, en forma natural y
espontánea. Queda atento lo inatento.
Hay que hacer de la vida corriente una continua meditación. No
solamente es meditación aquella acción de aquietar la mente cuando estamos en
casa o en los Lumisiales, sino que también abarca la corriente del diario vivir
para que la vida se convierta de hecho en una constante meditación. Así es como
viene la verdad realmente.
La mente, en sí, es el Ego. Pero es urgente destruir el Ego para
que quede la sustancia mental con la que se puede fabricar el cuerpo mental.
Pero siempre queda la mente. Lo importante es liberarse de la mente, y siendo
libres de ella, hay que aprender a desenvolvernos en el mundo del Espíritu Puro
sin la mente. Saber vivir en esa corriente del sonido que está más allá de la
mente y que no es del tiempo.
En la mente, lo que hay es ignorancia. La real Sabiduría no está en
la mente, está más allá de la mente. La mente es ignorante y por eso cae y cae
en tantos errores graves.
Cuán necios son aquellos que hacen propagandas mentales, aquellos
que prometen poderes mentales, que les enseñan a otros a dominar la mente
ajena, etc. La mente no ha hecho feliz a nadie. La verdadera felicidad está
mucho más allá de la mente. Uno no puede llegar a conocer la felicidad hasta
que no se independice de la mente.
Los sueños son propios de la inconsciencia. Cuando uno despierta
conciencia, deja los sueños. Los sueños no son sino proyecciones de la mente.
Recuerdo cierto caso vivido por mí en los mundos superiores. Fue solamente un
instante de descuido. Vi cómo se me salió de la mente un sueño. Ya iba a
comenzar a soñar y reaccioné entre el sueño que se me escapó por un segundo,
pero como me di cuenta del proceso, rápidamente me alejé de esta forma
petrificada que escapó de mi propia mente. ¿Qué tal que hubiera estado
dormido?, Ahí hubiera quedado enredado en esa forma mental. Cuando uno está
despierto, sabe inmediatamente que en un momento de desatención se puede
escapar un sueño y queda uno enredado toda la noche hasta el amanecer.
Lo que importa en nosotros es despertar la conciencia para dejar de
soñar, para dejar de pensar. Este pensar, que es materia cósmica, es la mente.
Hasta el mismo Astral no es más que la cristalización de la materia mental y el
mundo físico es también mente condensada. Así pues, la mente es materia y muy
grosera, sea en estado físico o en el estado llamado astral –manásico-, como
dicen los indostaníes. De todas manera es la mente grosera y material, tanto en
lo astral como en lo físico.
La mente es materia física o metafísica, pero materia. Por lo
tanto, no puede hacernos dichosos. Para conocer la auténtica felicidad, la
verdadera Sabiduría, debemos salirnos de la mente y vivir en el mundo del Ser,
eso es lo importante.
No negamos el poder creador de la mente, es claro que todo lo que
existe es mente condensada. Pero, ¿qué ganamos con eso? ¿Acaso la mente nos ha
dado felicidad? Podemos nosotros hacer maravillas con la mente, crearnos muchas
cosas en la vida. Los grandes inventos son mente condensada pero este tipo de
creaciones no nos ha hecho felices.
Lo que necesitamos es independizarnos, salir de ese calabozo de la
materia porque la mente es materia. Hay que salirnos de la materia, vivir en
función de espíritus, como seres, como criaturas felices más allá de la
materia. A nadie le hace feliz la materia, la materia siempre es grosera aunque
asuma formas hermosas.
Si nosotros buscamos la auténtica felicidad, no la encontraremos en
la materia sino en el espíritu. Necesitamos libertarnos de la mente. La
verdadera felicidad viene a nosotros cuando nos salimos del calabozo de la mente.
No negamos que la mente pueda ser la creadora de las cosas, de los inventos, de
las maravillas y de los prodigios, pero, ¿acaso eso nos da la felicidad? ¿Cuál
de nosotros es feliz?.
Si la mente no nos ha dado la felicidad, tenemos que salirnos de la
mente, buscarla en otra parte y obviamente que la encontraremos en el mundo del
espíritu. Pero, lo que tenemos que saber es cómo evadirnos de la mente, cómo
liberarnos de la mente, ése es el objeto de nuestras prácticas y estudios que
he entregado en los libros gnósticos y en este Tratado de «la Revolución de la
Dialéctica».
En nosotros existe un tres por ciento de conciencia y un noventa y
siete por ciento de subconciencia. Lo que tenemos de consciente debe dirigirse
a lo que tenemos de inconsciente o subconsciente para recriminarle y hacerle
ver que tiene que convertirse en consciente. Pero hay necesidad que la parte
consciente recrimine a la parte subconsciente. Esto de que la parte consciente
se dirija a la parte subconsciente, es un ejercicio psicológico muy importante
que se puede practicar en la aurora, así, las partes inconscientes poco a poco
se van volviendo conscientes.
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